martes, 7 de mayo de 2013

Historias de vida. Periodismo. Por Irene Arellano García.


Cuando eres joven todo tiene un color diferente, especial y el ímpetu es una de las principales características de aquellos que, aún sin saber lo que les depara el futuro, miran con otro ojos la vida. En mi caso, entre el amplio abanico de posibilidades laborales que por aquella época se ofertaba me decanté por esa carrera que muchos asocian a los más absurdos personajes que aparecen detrás de la pantalla, el periodismo. Con mucha ilusión inicié la aventura de ir a la universidad, todo un mundo nuevo, con muchas expectativas, buscando aquello que había visto desde fuera mientras terminaba bachillerato o incluso lo que te ‘venden’ en las películas norteamericanas.


Cientos de jóvenes como yo, que nos encontrábamos en ese difícil puente que hay entre el paso de la loca juventud y el inicio de la edad adulta, ya muchos teníamos 18 años, nos sentíamos responsables de una nueva generación que prometía ser una de las más formadas del nuevo siglo.
Así los días van transcurriendo y si alguien me preguntaba qué estaba estudiando, cuando les contestaba “periodismo” la reacción inmediata era “ah, pues pronto te veremos en el ‘tomate’”, programa en auge en aquella época.
Mientras estás en la universidad te encuentras como en una burbuja apartado de la realidad, esa que tarde o temprano iba a llegar. Así fue, terminas los estudios, te crees que ya tienes todo resuelto y cual es la sorpresa que cuando has acabado de estudiar estás en tu casa, sin que las grandes empresas de comunicación estén llamando a tu puerta requiriendo tus servicios, y así cada día se hace más largo y aguardando una llamada ves que pasa el tiempo. Llega el momento de buscar una solución. Ponerse en acción.
Desde mi caso personal, durante los estudios tuve la oportunidad de hacer varias prácticas en las cuales al alumno les cuesta el dinero, para que luego no aprendas más de lo que ya sabes, ya que ponerte delante de un ordenador a pasar las horas no sirve de nada. A la vez que estudiaba empecé a trabajar, en mi caso lo hice de camarera, ya que era lo que en ese momento encaja en mis posibilidades. Al principio y en el tiempo que estuve estudiando no me importaba, era un dinero extra con el que me pude costear gastos varios como el carnet del coche u otras cosas.
Pero la conclusión de mi carrera se topó de frente con la inminente llegada de esa crisis económica que se venía anunciando desde hacía dos años. Es así como toda una generación de alumnos con muchas ganas e ilusión se enfrentó a una sociedad en retroceso económico, donde no hay un hueco para trabajar de lo que has estudiado, así que tienes que optar por seguir formándote y buscar cada día algún trabajo que esté relacionado con la preparación profesional.
Yo, una licenciada en periodismo con 25 años, he estado en Londres viviendo la experiencia de trabajar como au-pair, sacrificar días de fiesta y fines de semanas para trabajar en algo que no tiene nada que ver con aquello para lo que he estudiado, pero que sin embargo es en lo único en lo que he recibido una remuneración para poder ir subsistiendo. Pero lo más importante es que nunca he tirado la toalla, siempre buscando nuevos retos, a día de hoy dirijo un programa de radio dedicado a los viajes y con ello, aunque sea desde las ondas recorro el mundo. Ahora me encuentro sumergida en una formación superior, realizando unos estudios de Máster, además de haciendo cursos relacionados con mi especialidad o no, ya que considero que es muy importante ampliar los campos de formación.
Hoy en día, tener una Licenciatura, por lo menos por ahora no es nada excepcional y somos los eternos estudiantes que tenemos que seguir formándonos si queremos optar a algún puesto que al menos permita alcanzar la independencia que todo adulto necesita. 

Por Irene Arellano García.

Síguela. 

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